La rosa de los vientos ha venido esta noche a llevarme con ella y mantiene la veleta siempre mirando al Sur porque allí se encuentra el mar, el mar de sus ojos, el mar por donde navega éste torpe marinero sin rumbo. Un viejo canto de sirena me dijo que en el corazón se encuentra todo lo bueno y lo malo del hombre. Entonces le pregunté aturdido que cómo era posible que moraran juntos el bien y el mal. La Sirena señaló al horizonte, justo donde el mar y el cielo se reparten sus mitades, justo donde parece que son una sola cosa... "Mira", me dijo, "si no tuvieran diferente color, parecería lo mismo, sin embargo, no lo son, no son lo mismo". Ella bajó la mirada entristecida. "¿Qué te pasa, Sirena? ¿Por qué te has puesto tan triste?", le pregunté. "Los ojos del hombre miran, pero no ven y su corazón late pero él no lo escucha" Rápidamente me froté los ojos y después puse mi mano en mi pecho... "No, Sirena, estás equivocada, yo veo y aunque estoy algo sordo del oído ya, siento a mi corazón latir perfectamente", le dije preocupado por su alocada sentencia. Entonces, ella me miró por un instante y desapareció bajo el océano. Regresé a aquel lugar todas las tardes para buscarla, pero nunca más la volví a ver.
Veintidos años después, cuando ya mi edad se cansó de ser joven, atraqué en un puerto. Decidí continuar tejiendo la maraña de mi existencia en tierra firme, pasear por las calles de aquel entrañable pueblo. Y, por primera vez, sentí las flores del campo perfumando mis pulmones, compré ropa nueva y zapatos nuevos, y frente al espejo, no podía reconocerme a mi mismo: ¿ese que está ahi soy yo? Abracé con mi mirada la alegría del tabernero, acaricié satisfecho su amistad y su consejo, paré el tiempo para desear y amar apasionadamente a una mujer, incluso olvidé por un momento el mar y me senté a ver pasar a los niños que volvían de la escuela. Mi corazón latía con fuerza, con una fuerza para mí desconocida, ¿me estará dando un infarto? ¿habrá llegado mi hora? Pero, ni me estaba asfixiando, ni mi cara se había tornado pálida, ni tenía ningún síntoma que indicara tal tragedia. Entonces me acordé de la hermosa Sirena: ¡Mi corazón! ¡Oh, Dios mío! ¡mi corazón! ... ¿Habré recuperado el oído?


